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COLECCIONISMO Y ERUDICIÓN

A finales del siglo XVI se produce un cambio de mentalidad en la civilización europea, el llamado Renacimiento manierista, un fenómeno ecléctico en su configuración en el que la afectación, la deformación y la falta de naturalidad generarán unos elementos de proyección cultural opuestos a los legitimados socialmente en el Renacimiento clásico. Paralelamente crece la autonomía entre las distintas artes que componen los saberes tradicionales. Del coleccionismo clasicista que apreciamos en personalidades como Lorenzo de Médicis en Florencia o el papa Julio II en Roma pasamos a un cambio en la forma de coleccionar. Las colecciones irán incorporando piezas no estrictamente artísticas, manifestando una concepción total del mundo conocido, y junto a ello, una necesidad por mostrar la moderna Ciencia y las extravagancias de la naturaleza.

 

 

El médico holandés Samuel von Quicchelberg trazó en 1565 (Inscriptiones vel Tituli Theatri Amplissimi, complectentis rerum universitatis singulas materias et imagines eximias) el esquema del museo ideal: con elementos de la naturaleza (Naturalia), obras del hombre (Artificialia), bienes del pasado (Antiquitas e Historia), y las llamadas Artes. Friedrich Neickel en 1727, cierra en su Museographia todos estos planteamientos. Entre estas dos obras, tendremos todo un largo siglo de experimentación museológica, en el que las colecciones parecen crecer hasta el infinito. Es el paso previo al saber enciclópedico, del que se percibe el camino, otra cosa será el método.

Los Gabinetes de Curiosidades (Cabinets de Curiosités, en francés; Wonder Chambers, en inglés; o Wunderkammer en alemán) se alimentaban de variadísimos objetos: vasos de cristal, piedras duras, objetos fantásticos de orfebrería, muchos con incrustaciones de piezas naturales (conchas, huevos de avestruz, cuernos de rinoceronte, etc.), instrumentos musicales, relojes mecánicos, instrumentos matemáticos y de observación astronómica, trabajos en coral, cerámicas, objetos exóticos de América, etc., a los que acompañaban todo tipo de grabados, mapas cartográficos o cartas de navegación. Ahora el mundo de la curiosidad adquiere unas dimensiones gigantescas y universales.

 

Una obra que poseyó Lastanosa: Obeliscus Pamphilius -Roma, 1650- de Athanasius Kircher, otro gran coleccionista del siglo XVII

 
Eran colecciones muy unidas al lugar donde residía “un hombre culto a quien le gusta rodearse de sus objetos y elementos de estudio y reflexión más preciados” (...). Erasmo de Rotterdam aporta en 1523 una descripción ideal de un lugar de estudio para el hombre virtuoso (con una biblioteca, mapas y retratos de personalidades). La filosofía neoestoica, junto a nuevos planteamientos del cristianismo, abogaba por la estabilidad del espíritu, a la cual se llegaba estudiando la antigüedad, contemplando la naturaleza y la obra del hombre. Los gabinetes de curiosidades permitían acercar al hombre de la época con ese Dios. Ofrecían el marco ideal para el retiro espiritual, proyectando el rechazo moral de la bulliciosa sociedad, tan al gusto del Barroco. Juego, ciencia y maravilla se conjugan para provocar la admiración y el deleite de quien tiene el honor de disfrutar de ellas. Estas rocambolescas colecciones predisponen al desarrollo de las ideas innatas, motor de la razón, del verdadero conocimiento y base del racionalismo. De hecho en 1652 se funda la primera sociedad científica, en Alemania, y se llamará Academia Naturae Curiosorum, una agrupación de médicos que publicaban una Miscellanea curiosa. El círculo del saber se cerraría aquí mismo, bajo estos conceptos, con esa constatación de desorden ordenado tan al gusto de la época.

Estos gabinetes eran más exhibiciones que exposiciones, en el afán por mostrar cosas, objetos y bienes, aún estamos lejos de la exposición moderna, que (de)muestra los mismos y además construye un relato de lo exhibido. Se va afianzando la cultura del objeto bello. Son colecciones eclécticas, que reúnen artefactos culturales de todo tipo: pinturas, tapices, dibujos, orfebrería, cristales, esculturas, monedas, meteoritos, rarezas de la naturaleza, instrumentos científicos y musicales. De igual forma se ordenan las piezas en armarios y sus anaqueles. La idea de saturación parece desconocerse. La biblioteca también ocupará un lugar preeminente en el gabinete. Este instinto por clasificar se encuentra inserto en la misma naturaleza humana, en su intento por comprender la realidad, y de vivir en un universo ordenado.
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