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Instituto de Estudios Altoaragoneses Lastanosa
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ARMERÍA

 

A diferencia de la Biblioteca, esta segunda sala no contaba con ventanas o balcones al exterior. La única luz natural era la que recibía por una pequeña ventana y por la puerta de acceso, que era también celosía, situadas ambas en la pared norte de la Biblioteca.

En la Armería, Vincencio Juan de Lastanosa había reunido, lógicamente, su importante colección de armas, tanto históricas (el puñal con el que el rey Pedro IV de Aragón rasgó los privilegios de la Unión aragonesa, por ejemplo) como exóticas (una bocina de marfil procedente de África –a la que Lastanosa, sin embargo, atribuía origen asiático- y dos catanas, una del rey de los tártaros –regalo del Duque de Villahermosa- y otra china). Además, en una dependencia anexa -un “retrete”- se guardaban sillas de montar y otros "aderezos" para caballos

Pero en esta estancia se podían admirar igualmente esculturas clásicas –copias de los relieves de la Columna Trajana o cabezas de Hércules, Alejandro Magno, el Laocoonte y Tiberio-; ídolos americanos, incluido uno de las Amazonas; y fósiles y otras “monstruosidades” de la Naturaleza, entre los que destacaban un cuerno de unicornio, dos grandes pedazos de coral, huevos de avestruz o huesos de gigantes encontrados en Tarazona.

 

Descripciones de la Armería

Juan Francisco Andrés de Uztarroz, Descripción del palacio y los jardines de Vincencio Juan de Lastanosa (Hispanic Society of America, manuscrito B-2424, f. 45r.-47v.):

“Por esta pieza [la Biblioteca] se pasa a otra por una puerta que sirve también de celosía y ventana, pues por ella le entra la luz. Su disposición es prolongada. Tiene de largo [en blanco] palmos y de ancho [en blanco]. El un lado lo ocupan dos alacenas capacísimas. La primera está atestada de cabezas de dioses y Cesares mayores que el natural, cuerpos truncados, brazos y piernas, y otras piezas de bajos relieves vaciadas de la columna Trajana y de otras formas de escultura de Roma.

Hay varias monstruosidades de la Naturaleza de minerales, plantas, pescados, aves, y de estas especies diversos empedrimientos verísimos.

Entre las estatuas hay una cabeza de Hércules, otra de Alejandro Magno, otra de Laocoonte, vaciada de la célebre estatua que está en Roma, otra del Emperador Tiberio.

Un ídolo de la diosa Fortuna, venerada por los indios; /[f. 45v.] es una cabeza sin ojos, que en pintarla así quedan acreditados los indios que no son tan bárbaros como creyeron algunos, pues no desconocían los efectos que obra este maestro. La materia de que está fabricada es de una piedra preciosa de color verde oscuro, entre pórfido y plasma de esmeralda. Hay un ídolo de las Amazonas, del que trajo el padre [en blanco] Acuña en el último descubrimiento que se hizo en el año de [en blanco]. Es un diablo en cuclillas, y las partes de mayor retiro las tiene muy descompuestas y crecidas, el rostro vuelto hacia las espaldas, los ojos hechos de marfil, sobre la cabeza una ave que tiene la cabeza y pico harto grande, mira a la parte contraria que el ídolo; la parte baja termina en punta, en la forma de uso para poderse clavar.

Hay un cuerno de unicornio poco menos de una vara de largo, el primer tercio hacia la punta redondo y la punta muy buida, los dos últimos tercios muy disminuidos y culebreados como columna salomónica, todo él derecho. Entre los empedrimentos, es muy raro el de una mata entera que el latino llama filix, /[f. 46r.] el español helecho y el catalán falaguera. Es preciosa esta planta entre los curiosos, porque cortada la raíz al través del helecho hembra representa, perfectísimamente, una águila imperial con dos cabezas y las alas tendidas; entre los embusteros y viejas vanas, porque favorece sus engaños.

Hay copiosa muchedumbre de caracoles, conchas, pescados, galápagos y aún de las más desechadas sabandijas, no se nombran ni singularizan en esta relación. Admiranse dos pedazos de coral por su grandeza y blancura. Entre las coralinas hay una admirable, nacida sobre una piedra guija aovada. Su grandeza, una mano, revestida toda ella de empedrimentos de sanguijuelas, lombrices y caracolillos. De un extremo de ella nace una mata de coralina de grandor de una tercia de alto y un palmo de ancho, revestido todo el tronco y ramas de una corteza blanquísima, formando aquella desigualdad y hermosura que se representa en la hoja de la sabina. Y es prodigio digno de reparo que esta planta haya podido nacer, crecer y alimentarse en una materia tan dura como es /[f. 46v.] una piedra guija.

Entre las monstruosidades merece nota y admiración un hueso extremo de la canilla de una pierna, pues hecho el cómputo por buena simetría, había de tener el cuerpo cuyo fue aquel hueso más de 25 palmos de altura. Hallose en Moncayo, y sería posible fuese de Caco, que por haber sido su albergue se llamó en lo antiguo Mons Caci, y ahora, con poca alteración, Moncayo. De otro gigante cuyo cadáver se halló en Tarazona, ciudad muy vecina a este monte, hay cuatro muelas, que de su grandeza se colige ser de la misma casta que Caco.

Hay otras curiosidades de aves y sabandijas, desde los huevos del avestruz hasta los del escarabajo. El curioso que hubiese visto en Plinio lo que obra este animalillo en aquellas bolas, no extrañará se guarden, por lo admirable y raro de su estructura.

A esta alacena se sigue otra del mismo tamaño, y es depósito de armas ofensivas y defensivas, que en lo grabado de los petos, en lo dorado, esculpido y esmaltado de los frenos, cabezadas, estribos, /[f. 47r.] acicates, pistolas, espadines y puñales se equivoca lo rico con lo primoroso. Hay unas botas que fueron de Enrique IIII, Rey de Francia, y en vez de cuero son de castor o vicuña, pues teniendo el pelo por la parte interior parece seda.
Hay en esta misma pieza tres estantes de arcabuces y mosquetes con todos sus aderezos, algunos raros por la forma de los caños y cajas. Variedad de pistolas de exquisitas hechuras. Dos estantes de alabardas. Cerbatanas para hablar de lejos.
En toda una estera se ve colgada y vestida de armas de mucha antigüedad, instrumentos bélicos, ballestas de caza, carcajes con madrazos, ballestas de guerra con carcajes con flechas y dardos con lancillas, y casquillos de acero. Arcos de caza y pelea, los primeros con turquesas para hacer los bodoques, los de guerra con aljabas y flechas. Anillos de marfil. Una bocina de bronce. Otra de marfil de casi una vara de largo, de un Rey del Japón, los dos tercios estriados y el último escamado; remata en una cabeza de caimán, tiene /[f. 47v.] asida con la boca la cabeza de un rey. Una estorica, arma de la Reina de las Amazonas, de la cual hace memoria el padre Acuña en la relación referida. Dos catanas, una del Rey de los Tártaros, guarnecida de carai y bronce dorado, con primorosísimas labores de relieve; diósela a don Vincencio Juan de Lastanosa el excelentísimo señor don Fernando de Gurrea Aragón y Borja, Duque de Villahermosa. La otra catana es de los chinas, la cuchilla como rayo, toda grabada de aguas, remata esta y tiene y sirve de empuñadura un diablillo.

Un puñal del Rey don Pedro el IIII de Aragón, con que se cortó los dedos cuando cortó los Privilegios de la Unión. Hay otra copiosa variedad de armas antiquísimas, como son petos, corazas, rodela de acero de Milán, de madera de Salamanca, otras muchas piezas así de las que se platican en la guerra como en las justas y torneos.

Hay otro retrete con sillas y caparazones, paramentos y otros aderezos de caballos. Sobre la entrada de esta pieza, en cuadro, está pintada la empresa de la Muerte coronada de laurel, de que ya se ha hecho memoria en otro lugar, y por esta causa se pasa en silencio”.

 

Narración de lo que le pasó a don Vincencio Lastanosa a 15 de octubre del año 1662 con un religioso docto y grave (Hispanic Society of America, manuscrito B-2424, f. 74r.-76r.):

"A esta pieza se sigue otra casi de la misma grandeza, en que se ve cantidad de armas antiguas y modernas, aderezos de caballos, esqueletos de aves y animales, cuernos monstruosos, como del unicornio, de los bueyes salvajes de que hace mención el Mº Medina describiendo el Pirineo, huesos de gigantes, basiliscos y pescados acecinados, y casi cuanta variedad de conchas y caracoles se hallan en los mares, y otra gran multitud de empedrimentos que producen estos Pirineos, como miembros de hombres, animales, árboles, plantas, /[f. 74v.] frutas, aves, peces, infestos como tortugas, ranas, sanguijuelas, lombrices, caracoles y conchas de casi cuantas diferencias hay en la mar y en la tierra.

Y no se contentó la naturaleza con formar de piedra todas estas cosas, pero aun imitó algunas de las obras mecánicas más primorosas, como unos botones, alguno del tamaño de una manzana mediana de una piedra blanca, que por algunas sutilísimas piedras descubre unos rayos tan brillantes que parece tener alma de diamante, dividida de arriba abajo en cindrias como el melón, formadas de cuatro o cinco ordenes de puntos sutilísimos, unos hundidos para abajo, otros relevados para arriba. Otras piedras en forma de los botones chatos que se usan para pasador a la sabanilla que se lleva al cuello, unos labrados de cindrias de pezoncillos relevados puestos con mucha orden y concierto, otros adornados de unas rosas redondas que forman en el medio un pezoncillo, que lo rodea una sutilísima crestilla, y entre /[f. 75r.] una y otra orden de estas una cindria hecha de la misma crestilla ondeada, lo uno y otro tan primoroso que no es posible imitarlo la más primorosa filigrana, ni explicarlo el más diestro buril. Y aún en esta obra la misma naturaleza desconfió del crédito, pues en un lado de ella amontonó monstruosamente de las mismas cosas, en que subscribió el me fecit.

Entre la multitud de las dichas piedras, que sin lo dicho son innumerables de referir, lo que ilustra estas maravillas y puede servir de estímulo a unos y de consuelo a otros es un guijarro poco menos que el puño cerrado de una mano pequeña, que se ven sobre él cuatro sepulcros hechos de piedras de la misma naturaleza, tan pequeñas que la mayor no excede de la cuarta parte de un grano de pimienta. Estas, juntadas con barro hacen una bovedilla redonda de la traza de las que se hacen para los hornos de cocer pan con las adobas, y arriba donde las bóvedas cierran con la ultima piedra que llaman clave queda del mismo barro formado como /[f. 75v.] un envasador o papeleta, y esto sirve para que al tiempo de entrar el animalejo en su sepulcro lleva consigo una piedrezuela con que cierra la bóveda, y para que al dejarla no se desvíe ni caiga hizo aquella prevención. Hagan reparo en esta maravilla los escrupulosos que condenan que el hombre que cree su resurrección busque sepulcro honrado en que depositar sus huesos.

[En el margen se ha añadido: “Es admirable un ámbar, en cuya transparente materia se ve sepultado un mosquito. Mart. lib. 4, 59, lib. 3, 32, lib. 6, 15”].

Esta misma sala la adornan algunas esculturas admirables de bronce, mármol, yeso y barro. Entre las armas es preciosa una catana guarnecida de oro y caray del rey de los tártaros, regalome con ella el excelentísimo señor duque de Villahermosa, en quien porfían la nobleza y opulencia por quien sobresaldrá más. Otra catana de los chinas, la cuchilla en forma de rayo y el puño un demonio o alguno de sus ídolos. Una bocina de marfil de casi una vara de larga de un rey del Japón. /[f. 76r.] Un puñal con que se cortó los dedos el rey Pedro el 4º de Aragón al romper el privilegio de la Unión. Un báculo de un encantador, y otra gran multitud de prodigios en que el más juicioso tendrá mucho que admirar".

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