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Instituto de Estudios Altoaragoneses Lastanosa
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FIESTAS DE 1658 Y 1662
 
 
VINCENCIO JUAN DE LASTANOSA Y LAS FIESTAS DE 1658 Y 1662
 
 
            En Huesca hubo, con cuatro años de diferencia, dos fiestas muy notables. Las de enero de 1658 celebraban el nacimiento de un hijo del rey Felipe IV, el infante Felipe Próspero. Y las de abril-mayo de 1662 se hicieron en honor de la Inmaculada Concepción. De las dos se conservan detalladas relaciones, impresa la de 1658 y manuscrita la de 1662. Vincencio Juan de Lastanosa tuvo una participación muy destacada en ambas festividades (sobre todo, en las de 1658).
 
            Las relaciones de las fiestas de 1658 y 1662 son anónimas. La primera es un impreso en 4º, de 40 páginas, que lleva por título Relación de las fiestas que la Ciudad de Huesca de el Reyno de Aragon ha hecho al nacimiento del Príncipe nuestro Señor D. Felipe Póspero. De la misma se conservan ejemplares en la Biblioteca Nacional -VE 63-40- y la Real Academia de la Historia -9/791(4) y 9/794(8)-. En la Relación no figura fecha ni nombre de impresor. Es posible, de todas formas, que Vincencio Juan de Lastanosa fuera el promotor de la publicación, pues a los pocos meses de celebrada la fiesta remitió algunos ejemplares a Roma, al jesuita alemán Athanasius Kircher. En carta de fecha 12 de abril de 1658, Lastanosa le escribía: “la relación inclusa es de las fiestas que la ciudad de Huesca, mi patria, hizo al nacimiento del príncipe nuestro señor, y la parte que yo tuve en ellas se la doy, ofrezco y dedico a Vuestra Reverendísima en demostración de lo que le amo y estimo”[1].
 
            Dado que la Relación incluye los actos celebrados el 22 de enero de 1658, fiesta de San Vicente (p. 37-38), el hecho de que Vincencio Juan de Lastanosa la enviara a Roma ya a principios de abril pone de manifiesto la rapidez con que se llevó a cabo la impresión. El propósito de darla a la imprenta a la mayor brevedad posible se menciona expresamente en el texto: “el deseo de tantos que piden esta relación no permite el detenerla ni dilatarla” (p. 36); y “hasta aquí han llegado las fiestas de nuestra ciudad, y porque el mal tiempo continua y están en todas partes pidiendo su relación no espero las que se irán continuando” (p. 38).
 
De las fiestas de 1658 existe otra relación impresa, mucho más breve (apenas cuatro páginas), salida de la imprenta sevillana de Juan Gómez de Blas: Relación de las grandiosas fiestas y regozijos que se an hecho en la ciudad de Huesca de Aragon, por el felicissimo nacimiento de el Principe D. Felipe Prospero Ignacio de Austria Nuestro Señor. Año de 1658 -Biblioteca Nacional, VCA 56-57-. Las fiestas oscenses de 1658 han sido estudiadas sobre todo por Alberto del Río Nogueras[2].
 
            Las fiestas de 1662 han llegado hasta nosotros en forma manuscrita, en un único ejemplar de 47 páginas (más la portada) conservado en la Biblioteca Nacional, que se titula: Relación de las fiestas que se han hecho en la Ciudad de Huesca a la exaltacion inmaculada de la pureza de Maria Santissima con el Breve de la Santidad de Alexandro 7, obedeciendo las reales cartas del Rey nuestro Señor Felipo Quarto el Grande en este año de 1662. Posiblemente la intención inicial fuera, como en 1658, imprimirla. A ello parece aludir la mención a las “letras” compuestas por los caballeros oscenses en honor de la Inmaculada: “irán con la relación, para que no pierda los merecidos aplausos su agudeza” (p. 46). De las fiestas de 1662 se ha ocupado especialmente Antonio Naval Mas[3].
 
            Las fiestas de 1658 y 1662, profanas y religiosas las primeras y de carácter estrictamente religioso las segundas, presentan puntos en común. En ambos casos es una carta del rey Felipe IV, anunciando el nacimiento de su hijo o el breve papal favorable a la Inmaculada, la que inicia la preparación de los festejos, que duran varios días y cuentan con una participación multitudinaria, tanto de oscenses como de gentes venidas de los lugares vecinos. Al estar separadas solo por cuatro años, algunos de sus protagonistas son los mismos. Desde luego, el propio Lastanosa, pero también el obispo de Huesca, Fernando de Sada y Azcona, o los artistas que erigieron los monumentos efímeros o prepararon los sorprendentes recursos escénicos que constituían uno de los aspectos característicos de estas fiestas del Barroco: el escultor Cristóbal Pérez, Pedro Camarón, el orfebre Juan Garcés o el platero Fermín Garro.
 
            Un aspecto destacable en la relación de las fiestas de 1658 son, finalmente, las menciones a Góngora, a quien su anónimo autor demuestra profesar una profunda admiración. No le cita por su nombre, sino como el “Príncipe Cordobés” (p. 14), el “Lírico Cordobés” (p. 29) o sencillamente el “Cordobés” (p. 30).
 
 
 
 
 
 
 
 
 
1. Descripción de las fiestas de 1658 y 1662, con indicación de los actos celebrados en los diferentes días
 
 
Las fiestas de 1658
 
            Se recibe una carta de Felipe IV informando del nacimiento de su hijo, el infante Felipe Próspero. El obispo de Huesca, Fernando de Sada y Azcona, oficia un solemne Te Deum. El Concejo fija el 12 de enero de 1658 como fecha de comienzo de las fiestas (p. 1-2).
 
 
            Sábado 12 de enero. Primer día de las fiestas (p. 3).
 
El canónigo Jacinto Latrás y Val, de la familia de los condes de Atarés, convoca a la “plebe” con “público pregón” y les arroja monedas desde las ventanas de su casa.
 
Por la noche toda la ciudad está iluminada con hachas y hogueras. Se corren por las calles toros de fuego, “con ovillos de alquitrán”.
 
 
            Domingo 13 de enero. Segundo día de las fiestas (p. 3-26).
 
Procesión solemne por las calles de la ciudad, con participación de la “copla” de atabales y trompetas, las cofradías y el clero secular y regular llevando bustos de santos y una imagen de la Inmaculada, el cabildo de la Catedral, el obispo con dos sobrinos y el resto de su familia, el Concejo y la Universidad.
 
La procesión se detiene ante el palacio de Lastanosa para admirar las “vistosas invenciones” dispuestas ante él.
 
Pasa luego bajo cinco arcos triunfales decorados con retratos de los reyes de Aragón. De los arcos surge un globo terrestre de 16 palmos de diámetro, que se pone en movimiento acompañando a la procesión, llevando siempre en lo alto una imagen del infante Felipe Próspero. Todo ello era obra del escultor Cristóbal Pérez.
 
Tras llegar la procesión a la Catedral, se celebra una concurrida misa. El obispo ofrece a continuación un “espléndido convite”.
 
Por la tarde, ante el palacio de Lastanosa se reparte comida entre la “plebe” y se intenta representar una comedia, sin conseguirlo por la “confusa vocería” de la multitud. Al anochecer Vincencio Juan de Lastanosa ofrece un banquete a los miembros del Concejo, damas, caballeros y “representantes”. A su término actuan los comediantes.
 
Por la noche, la ciudad vuelve a estar llena de “luminarias”.
 
 
Lunes 14 de enero. Tercer día de las fiestas (p. 26-28).
 
Por la mañana los “forasteros” visitan las colecciones y jardines de Lastanosa.
 
En la Catedral se da una “espléndida” comida a los pobres de la ciudad y se les reparten monedas.
 
Después de mediodía se planta en el Coso un gran castillo de tres cuerpos lleno de soldados, obra del escultor Pedro Camarón. El castillo, que se movía solo, sube hasta la plaza de la Catedral. Allí fue atacado por cuatro compañías desde los ángulos de la plaza, en un remedo de la conquista de Huesca por el rey Pedro I de Aragón.
 
 
Martes 15 de enero. Cuarto día de las fiestas (p. 28-32).
 
Se repite el asalto del castillo en la plaza de San Lorenzo.
 
Vincencio Juan de Lastanosa hace desfilar por las calles de Huesca un cortejo formado por los dioses del Olimpo y otros personajes de la mitología clásica. Durante el mismo se lee un bando en nombre de Júpiter, convocando al pueblo ante el palacio de Lastanosa. Una vez allí se reparte vino, comida y animales vivos, para regocijo de las damas y caballeros asomados a los balcones.
 
 
            Miércoles 16 de enero. Quinto día de las fiestas (p. 32-37).
 
Se celebra una corrida de toros en la plaza de la Catedral.
 
Por la noche, también en la plaza de la Catedral, tiene lugar una lucida representación teatral sobre un carro triunfal tirado por mulas, obra del orfebre Juan Garcés. La representación está acompañada por música y cantos, dirigidos por el portugués Sebastián de Ataide, maestro de capilla de Montearagón. El autor de la relación de las fiestas elogia calurosamente al poeta anónimo que escribió la representación, al que califica de “Apolo oscense”. El carro triunfal se dirige después a la casa de Lastanosa y a otras partes, para repetir en ellas la representación.
 
 
            Martes 22 de enero. Día de San Vicente (p. 37-38).
 
Mojiganga de moros y cristianos, obra del platero Fermín Garro. Los moros llevan un carro que semeja un fortín, y sobre él va el Turco en un trono. Hay una batalla con los cristianos en la plaza de la Catedral, tras la cual el Turco es “degollado públicamente” y su cabeza puesta en una pica. La mojiganga se repitió por la tarde en otras plazas de la ciudad.
 
 
 
Las fiestas de 1662
 
            Se recibe una carta del rey Felipe IV con el anuncio de la consecución en Roma de un breve del Papa Alejandro VII favorable a la Inmaculada. El monarca pedía que se hicieran fiestas con tal motivo, sin mezclar en ellas “demostraciones profanas” (p. 1).
 
            En Huesca se celebraron dos grandes fiestas en honor de la Inmaculada. La primera, con la Catedral como escenario principal, estuvo a cargo del obispo, el cabildo, el Concejo y la Universidad. Dio comienzo el 15 de abril de 1662. La segunda, preparada por la nobleza de la ciudad, se hizo en la iglesia y cementerio de San Lorenzo los días 7 y 8 de mayo.
 
 
Primera festividad. Abril de 1662 (p. 2-16):
 
            El Cabildo adornó la Catedral con colgaduras, tapices y brocados, y tomó a su cargo la erección de un gran trono en el presbiterio. En el trono, que se elevaba hasta el tercer cuerpo del retablo mayor, había una escultura de madera de la Inmaculada. Sus innumerables luces le hacían comparable al volcán Etna. A ambos lados del mismo se colocaron dos altares rematados en forma piramidal.
 
            Las distintas capillas fueron convertidas por las respectivas familias, para los días de las fiestas, en capillas de la Inmaculada. La relación solo describe una de ellas: la de los Lastanosa.
 
 
                        Sábado 15 de abril. Comienzo de las fiestas (p. 9-11).
 
Por la tarde, celebración religiosa en la Catedral presidida por el obispo Fernando de Sada y Azcona, con intervención de la “copla de ministriles” y una “numerosa capilla de cantores”.
 
Fuegos artificiales en la plaza de la Seo (“muchas invenciones de fuego” y “polvorines busca-pies”).
 
 
                        Domingo 16 de abril. Primer día de las fiestas (p. 11-16).
 
Nuevos oficios religiosos en la Catedral, celebrados por el obispo.
 
Procesión general por las calles de la ciudad. Se describe el gran obelisco levantado ante el palacio de Lastanosa y el “magnífico altar de muchas gradas” erigido por los jesuitas en el Coso.
 
 
Lunes 17, martes 18 y miércoles 19 de abril. Segundo, tercer y cuarto día de las fiestas (p. 16).
 
A cargo, respectivamente, del Cabildo catedralicio, Concejo y Universidad. Son narrados con mucho menor detalle. El segundo día predicó el fraile capuchino Francisco de Munébrega y el cuarto los frailes cisterciense Jerónimo Blanco y mercedario José Bertian, ambos Catedráticos de Filosofía en la Universidad de Huesca.
 
 
Segunda festividad. Mayo de 1662 (p. 17-47):
 
            Organizada por la “nobleza” de la ciudad. Para su preparación se formó una Junta que eligió, entre los varios presentados, el diseño de Cristóbal Pérez para levantar un gran altar en la iglesia de San Lorenzo. Dicho altar, en forma de obelisco, es descrito minuciosamente (p. 22-34). Tenía una altura de 86 pies (casi 22 metros). En él había estatuas de San Lorenzo y de sus padres San Orencio y Santa Paciencia. Lo remataba una imagen de la Inmaculada. El altar estaba lleno de antorchas encendidas y decorado con espejos y plantas y flores procedentes de los jardines de Lastanosa.
 
            En la iglesia de San Lorenzo se colocaron numerosos retratos de miembros de la Casa de Austria. La relación describe asimismo cómo se adornaron tres capillas, convertidas durante las fiestas, como las de la Catedral, en capillas de la Inmaculada (p. 35-38):
 
· La capilla de Martín Juan Gastón, con un árbol con corales rojos de más de 30 pies de alto (entre siete y ocho metros de altura), coronado por una imagen de la Inmaculada, obra de Pedro Camarón.
 
· La capilla de Juan Castilla, con un altar de forma piramidal y estatuas de San Lorenzo, su hermano San Orencio y la Inmaculada.
 
· La capilla de Martín Juan Ramírez, en cuya decoración los espejos jugaban un papel muy destacado.
 
 
                        Domingo 7 de mayo. Primer día de las fiestas (p. 38-42).
 
Oficio religioso, con el templo abarrotado, en la iglesia de San Lorenzo. Se cantaron completas, con villancicos y un motete.
 
 
                        Lunes 8 de mayo. Segundo día de las fiestas (p. 42-47).
 
Una muchedumbre de oscenses y gentes de la comarca entran en San Lorenzo para contemplar los adornos de la iglesia.
 
Una procesión, en la que iban el obispo, cabildo, Concejo y Universidad, bajó hasta San Lorenzo. Una vez allí se celebró misa, en la que predicó Juan de Santa Ana, rector del colegio de los agustinos descalzos. A continuación los caballeros, de dos en dos, juraron el misterio de la Inmaculada en manos del obispo.
 
Se ofreció una lucida comida a los pobres de la ciudad en el cementerio junto a la iglesia. A los pobres les sirvieron los caballeros sin sombrero y llevando al hombro delicadas toallas “como lo estila la nobleza de Madrid en los hospitales”. Había mesas dispuestas para 72 pobres, por los 72 años de la Virgen, pero la comida era tan abundante “que se pudo repetir después segunda mesa”.
 
Por la tarde, el “maestro de capilla” interpretó las “letras” que los caballeros habían compuesto para la ocasión.
 
 
 
 
2. Participación en las fiestas de Vincencio Juan de Lastanosa
 
            Las referencias a Lastanosa en las relaciones de las fiestas son de dos tipos (en ambos aspectos la relación de 1658 destaca muy por encima de la de 1662): 
 
 
1. Menciones encomiásticas del mecenas oscense y de su palacio, jardines y colecciones
 
2. Detallada descripción de su participación en las fiestas.
 
 
 
Menciones y elogios de Lastanosa
 
            En la descripción de las fiestas de 1662 se alude al “remontado genio” y el “gallardísimo ingenio y universal erudición” de Vincencio Juan de Lastanosa (p. 6).
 
Sin embargo, donde los elogios superan toda medida es en las fiestas de 1658. Se dice, por ejemplo, que “es hoy tan memorable Huesca por don Vincencio Lastanosa como célebre en los siglos pasados por sus valerosos hijos, que le dieron el timbre de Ciudad Vencedora” (p. 8). Y al referirse a los “caballeros” de diversas naciones que visitaron su palacio durante la guerra de Cataluña se asegura que todos salían de él “llenos de admiraciones y alabanzas, juzgándolas [las maravillas que contenía su casa] de mayor ponderación y estima en un caballero particular que cuantas magnificencias había registrado su curiosidad en los señores de Italia” (p. 6).
 
            Los elogios y alabanzas se desbordan en el discurso que la Fama declama cuando la procesión llega a las asombrosas “invenciones” dispuestas ante su palacio. La Fama se refiere a él como el “gran Lastanosa” o el “pasmoso Lastanosa” (epíteto que se repite en el pregón leído por las calles mientras desfila el cortejo de los dioses paganos: “que al portentoso ruido / de la fiesta prodigiosa / del pasmoso Lastanosa / todo el Olimpo ha venido”) -p.18, 19 y 31-. Más asombrosos aún son estos versos pronunciados por la Fama: “para que sepa el mundo / que es el Héroe primero sin segundo / aún él mismo a sí mismo no se iguala / porque siempre en aciertos ha excedido / a cuanto ejecutar ha pretendido” (p. 19); y también: “oh noble aragonés, oscense muro, / vive glorioso en mi, vive seguro, / que para eternizar al mundo ejemplo / he de colgar tus glorias en mi templo. / Y Huesca vencedora / sabrá que debe a tu esplendor ahora / el quedar en padrones de diamante” (p. 20).
 
            No menos extraordinarios son los calificativos dirigidos a su palacio y colecciones: “admirable grandeza” (p. 5); “las prodigiosas maravillas que encierra esta gran casa” y “los prodigios y maravillas que contenía la casa de don Vincencio Lastanosa” (p. 6); “la casa en todo prodigiosa” (p. 18); “las raras maravillas del museo, galerías y camarines” (p. 26); o “la admirable casa de don Vincencio Lastanosa” (p. 39).
 
            La relación de las fiestas de 1658 es igualmente importante por las informaciones que nos proporciona sobre el palacio y los jardines de Lastanosa. Se afirma de estos, por ejemplo, que la “cerca” o tapia que los circundaba medía 4.700 pies -más de 1.100 metros- (p. 6)[4]. En la página 8 se describe brevemente la fachada y la torre rematada por la estatua de Hércules o Alcides sosteniendo el globo celeste, de la que se dice que era de plomo. La relación habla asimismo de lo que contenían los jardines y el museo lastanosinos (p. 6): “los raros y hermosos partos” de Vertumno y Flora, en alusión a las plantas y flores del jardín; los “prodigiosos monstruos y extraordinarios efectos de la naturaleza en peces, aves, brutos, plantas y piedras”; los “desempeños de la mecánica”; la “copiosa Biblioteca” (en las fiestas de 1662 -p. 6- se habla igualmente de la “grandiosa Librería”), con obras pertenecientes a la filosofía natural, medicina, química y matemáticas; o en fin, “su célebre camarín y museo”, en el que había monedas, sellos anulares, talismanes, camafeos, cuadros, estatuas, armas, ídolos o papiros egipcios.
 
            Resulta destacable la primacía que parece concederse a las materias de carácter “científico”. Solo al hablar del museo, citado en último lugar, se alude a la parte más conocida de las colecciones lastanosinas: monedas, piedras preciosas, obras de arte o armas. Del museo lastanosino, en el cual -se dice- “renace cada día la venerable ancianidad” (en coincidencia con la empresa del propio Lastanosa -el Ave Fénix y el lema Vetustate fulget-), salieron por cierto las armas, incluyendo un “brillante espadín que fue de Enrique Cuarto, rey de Francia”, trajes, instrumentos musicales y otros objetos que lucía el singularísimo desfile de los dioses del Olimpo, ya comentado (p. 31).
 
            En ambas descripciones de fiestas figura, en relación con Lastanosa, un notable listado de plantas y flores. En las de 1658 se trata de un jardín ficticio, pintado ante la fachada del palacio, en el Coso (p. 10-11): ”en medio de estos arcos había urnas antiguas de romanos con verdes y frondosos arbolitos enanos, que en medio de la primavera no podían estar más hermosos. Del medio y extremo de los arcos, tiradas las líneas en perspectiva al punto del horizonte, se veían diversidad de divisiones, cuadros y laberintos adornados con variedad de plantas y flores en vasos fingidos de búcaro y de otras diferentes materias, y estaba todo tan poblado y ameno que parecía el Tempe de Tesalia, pues en medio del enero brindaban los naranjos con su fruta, así el precioso de la China como el estimable catalán. Brillaba allí la hermosa caléndula, los fragantes jacintos, olorosos narcisos, engañosos guindos y dulces bruznos y madroños cargados de fruta, la verde adelfa, el genovés jazmín, la pequeña hiedra, el sagrado laurel, el verde mirto, el dorado arrayán, y otra mucha multitud de plantas”. En las fiestas de 1662 son, por el contrario, flores reales, que el mecenas oscense donó para decorar el gran monumento levantado en la iglesia de San Lorenzo (p. 28): “hermosa y rara variedad de flores, pues tenían rosas de Geldres, de Holanda, alejandrinas, castellanas, blancas, pajizas, negras, sencillas y de mil hojas, que entre aquileas, peonias, tulipanes, iris, susianas y lirios azules, blancos, amarillos, cárdenos y macedónicos, con otras varias flores más comunes”.
 
            La relación de las fiestas de 1658 nos habla también de los ilustres visitantes, procedentes en ocasiones de países lejanos, que acudieron a Huesca para admirar el palacio y las colecciones de Lastanosa (p.6-8). Dichos visitantes eran de dos tipos. En primer lugar, “caballeros” que estuvieron en Aragón durante la guerra de Cataluña, “llegando algunos a esta ciudad solo por ver lo que la fama pregonaba de los prodigios y maravillas que contenía la casa de don Vincencio Lastanosa”. Baltasar Gracián, al tratar de “Los prodigios de Salastano” en El Criticón, menciona precisamente a varios militares que debieron visitar entonces el palacio lastanosino: Juan de Balboa, “teniente de maesse de campo general”; Alonso de Mercado, capitán de corazas españolas; y Francisco de Araújo, un portugués que era también capitán de corazas.
 
            La segunda clase de visitantes, aún más interesante, la constituían los “peregrinos” del saber, venidos desde “naciones extranjeras”, que recorrían Europa para conocer sus “grandezas” y “lograr el crédito y lucimiento de sus estudios y habilidades”. La relación de las fiestas menciona el caso, ciertamente notable, de Nadal Baronio, un sacerdote y alquimista napolitano que “habiendo pasado a ver a España llegó a esta ciudad movido solamente de la fama de don Vincencio Lastanosa”. Baronio se convirtió en huésped del mecenas oscense, para el que preparaba “extractos” de minerales, plantas y licores, “la preciosa confección de perlas” y el celebrado oro potable, “la única y singular medicina de los reyes”, del que se habían comprobado ya en Huesca “milagrosos efectos en necesidades extremas”. Nadal Baronio, que permaneció al parecer tres años junto a Lastanosa, es mencionado también en la Narración de lo que le pasó a don Vincencio Lastanosa a 15 de octubre del año 1662 con un religioso docto y grave[5]. Lastanosa colocó en su Biblioteca un busto con el retrato del alquimista italiano.
 
            La “loable y generosa hospitalidad” con la que, según la relación de 1658, Vincencio Juan de Lastanosa recibía siempre en su casa a los “caballeros” y “peregrinos” que le visitaban se puso de manifiesto, justamente, durante las fiestas. El tercer día de las mismas, los forasteros que se encontraban en Huesca tuvieron en efecto “gustosa ocupación” recorriendo “la amenidad de los jardines y estanques y admirando las raras maravillas del museo, galería y camarines de don Vincencio Lastanosa, que lo franqueó todo con la generosidad y cortejo que acostumbra”.
 
 
 
Descripción de la participación de Lastanosa en las fiestas
 
 
a) Fiestas de 1658 por el nacimiento del infante Felipe Próspero
 
 
Mañana del domingo 13 de enero. Segundo día de las fiestas (p. 9-21):
 
            La procesión se detuvo largo rato ante el palacio lastanosino para admirar las “vistosas invenciones” preparadas por el mecenas oscense (p. 9-14):
 
Cerrando el Coso había un arco de triunfo con estatuas doradas del Invierno y Enero y una inscripción en la que podía leerse: “Vencedora Ciudad ... admira tanta maquina gigante que para eternizarte gloriosa te ofrece Don Vincencio Lastanosa”.
 
En la calle que había a la derecha del palacio lastanosino (antiguo camino de la Fuente del Ángel -actual calle Miguel Servet-) se hallaba dispuesta una gruta con una figura del dios Baco sobre una cuba de la que manaba vino, que caía en un estanque con sátiros, faunos y monstruos marinos que lo ofrecían al pueblo. Junto a la gruta estaban el árbol que soñó Nabucodonosor con aves, peces, conejos, chorizos, frutas y pan, y un toro entero en un asador, movido por dos etíopes desde el interior de una gran rueda.
 
Decoración del palacio:
 
La fachada estaba adornada con retratos de los Lastanosa y sus parientes, “races” o tapices de Flandes con los encantos de Celidonia y representaciones de bosques y florestas con aves y plantas.
 
Da la esquina norte a la puerta principal se había dispuesto un conjunto de nueve arcos, que tenían “urnas” romanas con árboles enanos. En los arcos estaba pintado, en perspectiva, un jardín en el que había “laberintos” como en los jardines de Lastanosa. Sobre los arcos volaba un balcón en el que estaban las “señoras del lugar”.
 
Encima de la puerta principal, un gran escudo de los Lastanosa y otros más pequeños de familias emparentadas, y sobre ellos un globo terrestre con figuras y barcos en movimiento, que tenía también una rueda en forma de zodíaco que hacía subir y bajar a las diferentes provincias hasta ponerlas a los pies de una figura que representaba a España, sentada en un majestuoso trono. Todo ello realizado por las hijas de Lastanosa, “criadas al genio de su padre”.
 
Al otro lado de la puerta principal había un “escollo de hiedra”, y en él tres cabezas de coloso de mármol de las que manaba agua en un estanque en el que estaban Diana, sus Ninfas y Acteón. Cerca se encontraban también Mercurio, el pastor Argos y la Ninfa Io.
 
Delante de la torre del palacio se levantaba un promontorio sobre el que estaba (al igual que en la torre) una imagen de Hércules o Alcides llevando el globo celeste. En la base del promontorio se veía una gruta, en cuyo interior unos Cíclopes martilleaban varias fraguas; una rueda con 200 espejos multiplicaba el resplandor de las llamas.
 
A la derecha del promontorio estaba representada la Muesca (la figura geométrica con dos puntas agudas del escudo de Huesca) en forma de Parnaso de dos puntas, con un alto laurel a cuya sombra estaba el dios Apolo rodeado de las nueve Musas. Había también una fuente de mármol blanco de forma piramidal. Y Orfeo tocaba la lira junto a “mucha diversidad de animales”.
 
            Al llegar el obispo delante del palacio, una figura que representaba a la Fama voló desde lo alto del promontorio, y tras posarse junto al laurel declamó un extenso texto en el que hablaba de Huesca, Lastanosa, el nacimiento del Príncipe y los ingenios dispuestos ante el palacio. Acto seguido se abrió el promontorio, se hundió la imagen de Alcides y se elevó en el aire, además de gran número de palomas con ramos de olivo en el pico, el globo celeste, que se convirtió a continuación en un sol en el que se veía a las águilas del Imperio llevando al príncipe, representado como Hércules con el globo celeste sobre los hombros. Del regazo de España voló otra águila, llevando igualmente al infante (p. 14-21).
 
 
Tarde y noche del domingo 13 de enero. Segundo día de las fiestas (p. 24-26):
 
            A las tres de la tarde se repartieron entre la “plebe” los alimentos colgados en el árbol de Nabucodonosor y el toro asado. Damas y caballeros tuvieron “gustoso entretenimiento” contemplando la “bien trabada y no sangrienta lucha” del pueblo para hacerse con la comida.
 
            Donde estaba por la mañana el promontorio se había dispuesto un espacioso teatro. En un balcón de la torre se colocaron los miembros del Concejo. En otro balcón, las damas. Y bajo ellos asientos para caballeros y ciudadanos. En el teatro, una “famosa compañía que había traído la ciudad” comenzó una representación, pero la “confusa vocería” de la multitud impidió que terminara.
 
            Al anochecer, Lastanosa ofreció un banquete al Concejo, damas, caballeros y miembros de la compañía. A su término actuaron los comediantes.
 
 
            Lunes 14 de enero. Tercer día de las fiestas (p. 26):
 
Lastanosa permitió el acceso a su palacio y jardines a todo el que quiso visitarlos.
 
 
            Martes 15 de enero. Cuarto día de las fiestas (p. 28-32):
 
            Lastanosa hizo desfilar por las calles un extraordinario cortejo formado por los dioses del Olimpo (los “fingidos dioses”) y otras figuras de la mitología clásica (la mayoría había formado parte de la decoración del palacio dos días antes). El cortejo estaba compuesto por:
 
La “copla” de trompetas de la ciudad.
 
El dios Marte, acompañado por una tropa de 80 hombres de armas.
 
Orfeo, rodeado de multitud de animales.
 
El dios Mercurio y el pastor Argos, con sus cien ojos, llevando sujeta a la Ninfa Io.
 
Diana, la casta cazadora, y Acteón, con cabeza de ciervo.
 
El dios Apolo y las nueve Musas.
 
Seis Salvajes con mazas de hierro.
 
Vulcano, el dios herrero, y sus Cíclopes con grandes martilllos.
 
Los Sátiros y Tritones de Baco.
 
Un escuadron de arcabuceros, que disparaban repetidamente sus armas.
 
            Mientras desfilaba el cortejo se pregonaba, en nombre del dios Júpiter, un bando para que las gentes acudieran a las dos de la tarde al palacio de Lastanosa. Una vez allí, como dos días antes, se repartió entre la multitud el contenido del árbol de Nabucodonor. Pero además se arrojaron desde tablados y balcones toda clase de animales vivos: ciervos, pavos, capones, gallinas, palomas, gansos, cornejas, cuervos, lechuzas, perdices y conejos, entre otros. Y también de nuevo ello se hacía para servir de entretenimiento a las damas y los caballeros asomados a los balcones del palacio, “viendo la guerra trabada de la plebe por coger tan inestimable despojo y con el desembarazo que muchos en la hoguera que había prevenida asaban lo que su buena diligencia les pudo traer a la mano”.
 
 
            Miércoles 16 de enero. Quinto día de las fiestas (p. 36-37):
 
            Una de las representaciones teatrales del carro triunfal del orfebre Juan Garcés se hizo ante el palacio de Vincencio Juan de Lastanosa
 
 
            La participación de Lastanosa en las fiestas de 1658 destaca por el recuerdo continuo de la antigüedad pagana. Tanto en las “invenciones” dispuestas ante su palacio como en el cortejo que hizo desfilar por las calles estuvieron, representados sin duda por criados o amigos del propio Lastanosa, diversos personajes de la mitología clásica: sátiros, faunos y tritones, los dioses Mercurio y Marte, el pastor Argos llevando a la Ninfa Io, Orfeo rodeado de animales, el dios Apolo y las nueve Musas, Diana y Acteón, Vulcano y sus Cíclopes... Esta rememoración de la antigüedad grecorromana estaba en consonancia con su presencia, igualmente notable, en el palacio y los jardines del mecenas oscense: la estatua de Hércules en la torre de la fachada; las representaciones de Apolo y las Musas en los estantes de su Biblioteca; las imágenes de Vertumno, Flora y los dioses Júpiter y Juno en las puertas de los jardines; o en fin, las grandes escultures de Venus y Neptuno que presidían el estanque navegable.
 
 
 
             b) Fiestas de 1662 en honor de la Inmaculada
 
            La participación de Vincencio Juan de Lastanosa consistió, fundamentalmente, en estos tres aspectos:
 
1. Decoración de la capilla familiar de la Catedral (p. 5-9). La capilla de los Lastanosa, la única descrita en la relación de las fiestas, fue convertida como las demás de la Catedral en capilla de la Inmaculada. Una imagen de la Virgen coronaba la reja de entrada y otra, bajo un gran dosel y rodeada de ángeles, estaba colocada sobre el altar y el sagrario. Completaban la decoración pirámides, serafines, vasijas llenas de flores, “cazolejas y perfumadores que equivocaban al olfato” y espejos convexos, que al tener “enfrente ocultas lamparillas hacían una vistosa demostración multiplicando los adornos de tan precioso altar”. 
 
La relación de estas fiestas sirve precisamente, como ha estudiado María Celia Fontana[6], para conocer el estado de ejecución en que se encontraba entonces el complejo programa decorativo de la capilla. En ese momento el arco y la reja de entrada, el sagrario o tabernáculo y la pintura mural de la cúpula estaban ya terminados. Sin embargo, no ocurría lo mismo con el retablo o la decoración pictórica de los muros.
 
2. Construcción ante el palacio del Coso de un gran obelisco en honor de la Inmaculada (p. 13-15). Ante el palacio de Lastanosa se levantó un obelisco de 38 pies de alto (algo más de 6 metros), rematado por una imagen de la Inmaculada bajo dosel, de pie sobre una horrible serpiente. El obelisco estaba cubierto de tela verde en la que se habían representado los atributos de la Virgen. Lo decoraban también imágenes de los cuatro Doctores de la Iglesia. En las gradas del obelisco había muchos niños disfrazados de ángeles, llevando instrumentos musicales y atributos de la Concepción. Una “copla de instrumentos de cuerda”, que permanecía oculta, interpretaba música. En la basa del obelisco se abría una gruta en la que estaban los herejes que negaban la Inmaculada Concepción. Se habían dispuesto “invenciones de fuego que habían de salir por la boca de la gruta”, pero se acordó no encenderlas para que “no interrumpiesen el lucimiento de la procesión ni hiciesen daño a la gente, que estaba allí tan amontonada que fue necesaria mucha violencia para abrir el paso”.
 
3. Donación de gran cantidad de plantas y flores para decorar el gran monumento levantado en la iglesia de San Lorenzo por la nobleza de la ciudad (p 27-29). En el monumento había dos “crecidas urnas” con árboles, formados por una “hermosa y rara variedad de flores”. En otros cuerpos del monumento se veían también muchos vasos y jarras llenas de flores. Todas ellas procedían de los jardines lastanosinos.
 
 
 
 
3. Transcripción de los textos en que se habla de Lastanosa en las relaciones de ambas fiestas
 
 
Relación de las fiestas que la Ciudad de Huesca de el Reyno de Aragon
ha hecho al nacimiento del Príncipe nuestro Señor D. Felipe Prospero
(Biblioteca Nacional -VE 63-40- y Real Academia de la Historia -9/791(4) y 9/794(8)-)
 
 
 
            Menciones y elogios de Lastanosa (p. 5-8):
 
Caminaba festiva la procesión por la anchurosa calle del Coso, hasta que le detuvieron el curso las vistosas invenciones y admirable grandeza de la casa de don Vincencio Lastanosa. Y pues a su vista se detuvo largo espacio para lograr tan ingeniosos artificios, disculpa tendrá mi relación en hacer pausa por referir puntual lo que merece ser primer asunto de ella.
 
            [pág. 6]
 
            No es mi intento describir las prodigiosas maravillas que encierra esta gran casa de Lastanosa, cuya levantada cerca, para ceñir su hermoso y encumbrado edificio, huerta, jardines, estanques y laberinto, se extiende a cuatro mil y setecientos pies de circunferencia, que fuera menester muy abultado volumen para la más sucinta narración de los raros y hermosos partos que perennemente fecundan Vertuno y Flora; de los prodigiosos monstruos y extraordinarios efectos de la naturaleza en peces, aves, brutos, plantas y piedras; de los admirables esfuerzos del arte en sutilísimos desempeños de la mecánica; de su copiosa Biblioteca, donde la natural filosofía, la medicina, la química, las matemáticas hallan recogido cuanto esparció en tan estimables volúmenes la más selecta y profunda erudición; de su celebre Camarín y Museo, donde renace cada día la venerable ancianidad en sus más fieles monumentos de medallas de oro, plata y cobre, preciosos sellos anulares, talismanes, camafeos, lienzos, estatuas, armas, ídolos y originales códices escritos con nilótico cálamo en el papel egipcio.
 
            No ha menester apoyo esta verdad, que en las naciones más extrañas hay tantos testigos de ella cuantos caballeros con ocasión de la guerra han peregrinado por estos Reinos, llegando algunos a esta ciudad solo por ver lo que la fama pregonaba de los prodigios y maravillas que contenía la casa de don Vincencio Lastanosa, saliendo llenos de admiraciones y alabanzas, juzgándolas de mayor ponderación y estima en un caballero particular que cuan /[pág. 7] tas magnificencias había registrado su curiosidad en los señores de Italia. Y a pesar del insaciable veneno de los siglos, Crescere nec magnas patiens exurgere laudes invidia. Lo atestarán tan continuados peregrinos que en la loable y generosa hospitalidad de este caballero hallan refrigerio a sus cansados miembros y entero socorro a sus necesidades, tributándole el reconocimiento de tanto beneficio singularísimas noticias y secretos de naturaleza y admirables desempeños del arte y el ingenio, por ser tan común ansia de las naciones extranjeras el peregrinar los más eminentes hombres por ver las grandezas de Europa y lograr el crédito y lucimiento de sus estudios y habilidades.
 
            Sea por todos célebre testimonio el doctor don Natal Baronio, sacerdote napolitano de ilustre familia, vicario general del obispado de Policarpo, varón insigne en teología, cánones, astrología y medicina, y sobre todo en los milagrosos efectos de la química, el cual después de haber gozado largo tiempo las grandezas y comunicación de varones eminentes y de los mayores señores de Venecia, Florencia Roma y toda Italia, habiendo pasado a ver a España, llegó a esta ciudad movido solamente de la fama de don Vincencio Lastanosa, de quien honroso huésped, para dejar compuesto su más íntimo camarín de lo más estimable de la vida, está ahora sacando varios extractos de minerales, plantas y licores, haciendo la preciosa confección de perlas, formando la única y singular medicina de los /[pág. 8] reyes del oro potable, que entre otras grandezas de nuestro gran monarca se muestra en la real botica del Escorial, de que se han visto ya aquí milagrosos efectos en necesidades extremas.
 
            Y así podré aseverar sin arrojamiento ni hipérbole que es hoy tan memorable Huesca por don Vincencio Lastanosa como célebre en los siglos pasados por sus valerosos hijos, que le dieron el timbre de Ciudad Vencedora. Diré, pues, solamente lo preciso que conduce a mi relación, para explicar las generosas demostraciones de tan reales fiestas.
 
            La espaciosa y dilatada calle del Coso, que en semicírculo ciñe la mayor parte de la ciudad, forma dos líneas paralelas que tiran como al centro de las delicias a incorporar en sí la casa de don Vincencio Lastanosa, con que logra su planta la mejor disposición de la arquitectura, pues quedando en la ensenada de la calle anchuroso espacio de plaza señorea el sitio una y otra longitud. Elevase esta fabrica de ladrillo y yeso del mediodía al septentrión, tomando toda la longitud la fachada y principal puerta que mira al oriente, con que desde que nace hasta que muere el día le circunda el sol y dora las ventanas y balcones, que están ilustrados de pilastras, cornisamentos, frontispicios, festones, cartelas y trofeos de admirable arreo. En el ángulo de este edificio que mira al mediodía descuella una empinada torre cuadrada, que remata en un coloso de plomo que representa a Alcides sosteniendo el globo celeste, todo de agigantada magnitud.
 
 
Mañana del domingo 13 de enero. Segundo día de las fiestas (p. 9-21):
 
            /[pág. 9] Ocupose para el aparato de la fiesta toda la frente del edificio y una calle que le divide de otras casas. Debajo las ventanas del postrero suelo pendían no en frágiles ceras de los romanos, sino en prolongados lienzos de alentada manera, retratos de los ascendientes y transversales de la familia Lastanosa con eruditas inscripciones en que resplandecían mitras, armiños, coroneles, bastones y trofeos militares. En segundo orden pendían los encantos de Celidonia en finísimos y modernos races de Flandes, cuya valentía de dibujo y viveza de coloridos no solo ha engañado muchas veces a las aves, sino también a los hombres. En tercer orden corrían de la misma estofa bosques y florestas hermosamente variados de aves, plantas y flores.
 
            La frente de la calle por donde venía la procesión cerraba un arco sustentado de dos estatuas del Invierno y Enero de color de oro, y estas tenían sobre sus cabezas un hermoso cornisamento con todos los primores que pide la orden corintia, y sobre los resaltes que siguen en macizo dos hermosos y airosos niños, sustentando un festón adornado de laurel que en bien formados caracteres tenía esta inscripción:
 
Vencedora Ciudad, que a la alegría
de verle a España sucesor Atlante,
majestuosa señalas este día
de pompa regia en urna de diamante.
Atiende de la fama la armonía,
admira tanta maquina gigante
 
            [pág. 10]
 
que para eternizarte gloriosa
te ofrece don Vincencio Lastanosa
 
            Luego pasado el arco, en la calle menor que divide los edificios se descubría una crecida gruta, y en su centro sobre una cuba estaba el dios Baco de fornidos miembros, coronado de hiedra con el tirso en la mano, despidiendo por la boca un copioso surtidor de vino licoroso y bueno, que cayendo sobre una taza se derramaba por diferentes bocas a un estanque, donde andaban festivos sátiros, faunos y marinos monstruos, que con grandes caracoles y cuernos brindaban al pueblo. En el centro de la gruta se veían todas las diferencias de animales que consagró a Baco la gentilidad. Al lado de la gruta estaba un árbol que perfectamente retrataba al que soñó Nabucodonosor, pues siendo muy alto y extendido de ramas estaba poblado de toda variedad de aves, peces, conejos, chorizos, frutas y pan. Delante de la gruta de Baco estaba un toro entero metido en un competente asador, que remataba en una rueda hecha en forma de jaula, y dentro de ella dos etíopes que movían el asador.
 
            El ángulo de septentrión hasta la puerta principal cubría un hermoso pensil formado en perspectiva, cuya frente tenía nueve arcos, que arrancando de termas, unas de color de oro y otras de blanco y colorado, se coronaban de pedestales y chapiteles de orden corintia. En medio de estos arcos había urnas antiguas de romanos con verdes y frondosos arbolitos enanos, que en medio de la primavera no podían /[pág. 11] estar más hermosos. Del medio y extremo de los arcos, tiradas las líneas en perspectiva al punto del horizonte, se veían diversidad de divisiones, cuadros y laberintos adornados con variedad de plantas y flores en vasos fingidos de búcaro y de otras diferentes materias, y estaba todo tan poblado y ameno que parecía el Tempe de Tesalia, pues en medio del enero brindaban los naranjos con su fruta, así el precioso de la China como el estimable catalán. Brillaba allí la hermosa caléndula, los fragantes jacintos, olorosos narcisos, engañosos guindos y dulces bruznos y madroños cargados de fruta, la verde adelfa, el genovés jazmín, la pequeña hiedra, el sagrado laurel, el verde mirto, el dorado arrayán, y otra mucha multitud de plantas, rematando esta deliciosa máquina en el punto de la perspectiva con un vistoso edificio pintado de primoroso pincel. La delicia del jardín declaraba una bien adornada tarjeta, con esta inscripción:
 
Con tan fragante pensil
del nuevo Sol en la Aurora,
a Huesca le ofrece Flora
en el Enero el Abril.
 
            Volaba sobre el jardín un dilatado balcón, sostenido de columnas vestidas de murtas, laureles, tejos y hiedras, y sobre ellas cornisamento de las mismas plantas, en que firmaba un repecho cubierto de brocatel de oro y colorado con franjas de los mismos colores. Sobre el macizo de las columnas de la primera orden cargaban otras de la misma materia, y en lugar de cornisamento se cubrían de broca /[pág. 12] tel de oro y verdes, y en cada columna había una urna de oro y colorado con frutas y flores. Estaba este balcón con un rico estrado de terciopelo carmesí tela de oro verde, y lo ocupaban todas las señoras del lugar, en que viéndose a un tiempo competir lo precioso de las galas y joyas con el buen gusto del aliño, todo quedaba oscurecido al resplandor de su belleza.
 
            Sobre la puerta principal de la casa estaba un grande escudo de la noble familia de Lastanosa, adornado de pendientes escudos de todas las familias transversales. Sobre este blasón se descubría un bien delineado globo terrestre con muchas figuras de diferentes trajes, naves y bajeles que en continuado movimiento le iban rodeando. Ceñía el globo otra gran rueda en forma de zodiaco con diferentes provincias, adornadas de sus propios trajes y colores, que dando vuelta, subiendo y bajando a arbitrio de la fortuna, en su mayor elevación quedaban a los pies de España. Representabala una matrona robusta, armada con un morrión dorado, en la mano derecha rodela con dos flechas y en la izquierda un manojo de espigas, y a sus pies muchos trofeos militares. Estaba España en rico y majestuoso trono, cuyo dosel era de lama verde y oro bordado con admirable destreza, la frente del dosel tenia bordadas diferentes empresas del amor, y la gotera variedad de frutas y flores, y unos Cupidos que a manos llenas las arrojaban sobre España. Toda es obra de raro ingenio y admirable destreza de las hijas de don Vincencio Lastano /[pág. 13] sa, que criadas al genio de su padre, con el pincel y la aguja están compitiendo a la naturaleza sus primores y hermosura. A los pies del trono de España, bajo de la rueda de la fortuna estaba esta inscripción:
 
Rinda todo el orbe esclavo
su cerviz a mi fortuna,
pues a su rueda importuna
le puso un Príncipe el clavo.
 
            La frente de la torre llenaba un alto promontorio, en cuya cima firmaba Alcides cargado de un celeste globo de admirable grandeza, pintado con mucha propiedad. A mano derecha se descubría la celebrada Muesca oscense, que es lo mismo que decir el Parnaso de dos puntas, a cuyo pie se levantaba un laurel frondoso de sesenta palmos de alto. A su sombra estaba Apolo tocando su lira, coronado del dorado desdén de su ingrata Dafne, rodeado de las nueve Musas, representadas por hermosas doncellas vestidas de telas ricas, con coronas de laurel, y en las manos los instrumentos que declaraban sus nombres e influencias. Todas estaban al delicioso ruido de una copiosa fuente de mármol blanco en forma de pirámide, que rematando en dos tazas de jaspe por diferentes caños despedían el agua con vistosa variedad. Poco más abajo se veía Orfeo tocando la lira, rodeado de mucha diversidad de animales. A la contraria parte de la puerta, junto al jardín, estaba formado un escollo de hiedra, y en él tres cabezas de coloso de mármol blanco, que daban copiosa agua a un estanque, adonde se /[pág. 14] veían Diana y sus Ninfas airosa y ricamente vestidas de caza, y poco distante el curioso Anteón con venablo y perros, y en su cabeza las insignias de su desgracia. Más adelante Mercurio, con sus talares y capelo, tocaba una zampoña adormeciendo a Argos, que estaba en guarda de la Ninfa Io.
 
            De todo el hueco del promontorio y centro de la torre, que hacían ciento y cuarenta pies de longitud, se formaba una horrible y espantosa gruta, o como dijo el Principe Cordobés, bóveda de las fraguas de Vulcano, por cuya ruda boca se veía que Ferrum exercebant vasto Cyclopes in antro,        con formidable ruido de martillos, con que en diferentes fraguas estaban trabajando los Cíclopes, multiplicando lo espantoso de las llamas una gran rueda puesta al más profundo seno de la gruta, en que había más de doscientos espejos planos, cóncavos, convexos, esféricos, hiperbólicos, cilíndricos y piramidales, que con multitud de luces puestas en perspectiva, hacían un maravilloso efecto. Sobre la boca de esta cueva estaba esta inscripción:
 
De Vulcano, el Dios Herrero,
es esta espantosa fragua
que invencibles armas fragua
al nuevo Alcides guerrero
 
            Encaminemos ya la procesión, y no fue pequeña la dificultad para que rompiese por tan innumerable concurso, y a lo que llegó su Ilustrísima a la frente del edificio, suspendidos de un sonoroso clarín, apareció volando desde la /[pág. 15] cumbre de Alcides una hermosísima Ninfa, que cubierta de plumas con rica y bordada veste, y trompa en la mano, se dio fácilmente a conocer que era la que retrató Virgilio:
 
Cui quod sunt corpore plumae
tot vigiles occuli suptermirabile dictu
tot linguae totidem hora sonant tot subrrigit aures
luce sedet custos aut summiculmine testi,
auribus audatis, et magnas territet urbes.
 
            Y fijando el pie junto al laurel de Apolo, con sonorosa voz y airosa compostura dijo:
 
Venerable Ilustrísimo Prelado,
en quien de Azcona y Sada
la nobleza de timbres ilustrada
dignamente blasona
que debe a tus virtudes la corona,
y huérfana Valencia
de Pastor debe darte la obediencia.
Célebre, antigua, ilustre, vencedora,
primera Catedral, Ciudad primera,
que del rosado lecho de la Aurora
a la funesta tumba de occidente,
en mi trompa sonora
resonaréis al Mundo eternamente,
y tu escuela famosa,
que de las ciencias eres dulce esposa,
pues soy tan conocida
 
[pág. 16]
por vuestra en la virtud esclarecida,
y hoy vuestro aplauso y vuestro honor me inflama,
no es menester decir que soy la Fama,
que batiendo veloz sacro plumaje,
vengo a rendiros digno vasallaje.
A penas, ¡que mal dije!, a gozos tantos,
después de los dolores y quebrantos,
¡o mísera bajeza!,
a que quedó rendida
nuestra infeliz mortal naturaleza
porque comió del árbol de la vida,
a tantos ruegos condolido el Cielo,
y de tanto vasallo al desconsuelo,
quiso que MARIANA,
la Reina de dos Orbes soberana,
para que España en gloria renaciese
un Príncipe le diese,
que heredero del Cuarto en la grandeza,
Filipe siendo el Quinto,
igual en todo fuese a Carlos Quinto.
Siendo, pues, en suceso tan dichoso,
tan cierto, tan decido, tan forzoso
que todas las naciones
ostenten con leales corazones
el gozo verdadero
de verse ya con Príncipe heredero,
compitiendo todos a porfía
 
                        [pág. 17]
en las demostraciones de alegría,
culpándose de tibio y que hace poco
el que de tal contento no está loco.
De mi Templo salí, porque mi trompa,
con nuevas tan feliz los aires rompa
en cuanto Phebo de esplendores baña,
y a las glorias de España,
el Francés se atormente,
el Español se goce,
y el Rebelde de rabia se destroce,
para que el Orbe todo a mis acentos,
a gozos cante, gima a sentimientos.
Y como siempre has sido,
o, Huesca, vencedora,
en toda acción de gloria la primera,
para lograr dichosa mi carrera,
para que las Naciones se estimulen
y envidiosas emulen
tu Augusta, tu Real magnificencia,
vine a hacer a tus Fiestas asistencia.
Tu, de Aragón la cuna de los Reyes,
tu, la Atenas mejor para las leyes,
Madre feliz de tantos
Héroes famosos, portentosos Santos,
que los pares a pares
(aquí rompe la envidia sus ijares
porque sin parte quedes,
 
[pág. 18]
cuando a todos en gloria los excedes).
Dando a Roma un Laurencio,
a la Francia un Orencio,
y a Valencia un Vicente,
que con fuego de amor del fuego ardiente
en que se está abrasando
del tirano y del fuego está burlando.
Sigue acertada, cuerda, vigilante,
en pompa rozagante,
el Culto Religioso, el Santo celo
con que las gracias le tributa al Cielo
por beneficio tanto
este Ilustre Cabildo y Clero Santo.
Pero el paso es preciso que detengas,
y que aquí te suspendas,
llegando del pasmoso Lastanosa
a ver la casa en todo prodigiosa,
que si siempre es Museo
donde tienen las Musas su recreo,
hoy de Circe y Medea los encantos
son a la fuerza de su ingenio cantos,
son escollo de hiedra,
que deshechos en cantos vuelve en piedra
de su hermoso edificio,
a cuya ilustración y beneficio
rinde la Arquitectura
toda su perfección, da la Pintura
 
                        [pág. 19]
los prodigios de Apeles y Timantes,
y en maquinas gigantes
del arte y del poder haciendo gala.
Para que sepa el mundo
que es el Héroe primero sin segundo,
aún el mismo a si mismo no se iguala,
porque siempre en aciertos ha excedido
a cuanto ejecutar ha pretendido.
Allí de Baco están los Bacanales,
no para oscuras sombras infernales
donde el vicio se cebe,
sino donde la Plebe
de ese árbol de la vida
no haya árbol vedado,
porque el gran Lastanosa lo ha franqueado,
cual si Nabuco aquí se le soñase,
entero pasto de su gula hallase.
Allí veréis la gruta de Vulcano
con sus Cíclopes fieros,
aculla los jardines lisonjeros
que grata ofrece Flora,
allí de la divina cazadora
el castigo se advierte,
allí Mercurio para darle muerte
a Argos le adormece tantos ojos
para quitarle a Juno los enojos,
mira a Orfeo con pasos de garganta,
 
                        [pág. 20]
que de las fieras la fiereza encanta.
Y porque más te espante,
mira sobre esta cumbre como Atlante,
ya cansado del peso de los Cielos,
le rinde su fatiga sus desvelos
al Príncipe de España,
que ya de tal valor el Sol le baña
que burlando mantillas
emprende portentosas maravillas,
y a Alcides sumergiendo en el abismo
él sustenta ya el Cielo por si mismo.
O, Noble Aragonés, Oscense Muro,
vive glorioso en mi, vive seguro,
que para eternizar al mundo ejemplo
he de colgar tus glorias en mi Templo.
Y Huesca vencedora
sabrá que debe a tu esplendor ahora
el quedar en padrones de diamante,,
pues con trompa sonante
y en mis alas me parto
a referirlo al Gran Filipo Cuarto.
Mientras, tu, Invicta Huesca, siempre ilustre,
prosigues en tus Fiestas con el lustre
que alegre has comenzado,
y pues ya mi cuidado
solo en tu honor lo fundo,
tu gloria oirán los términos del Mundo.
 
            [pág. 21]
 
            Apenas acabó su relación la Fama cuando, desgajándose el promontorio, se sumergió Alcides, y volando a la región del aire el globo, abriéndose con primorosa proporción quedó convertido en sol de brillantes rayos de excesiva grandeza, y aparecieron las águilas del Imperio de vivísima perfección teniendo sobre si, hecho de admirable hermosura, el Príncipe nuestro señor en forma de Alcides, con el globo celeste sobre los hombros. Al abrirse el peñasco se pobló el aire de palomas llevando en los picos ramos de olivo, anunciando a estos Reinos la tranquilidad de que gozó el mundo en tiempo de Augusto Cesar, y del regazo de España se remontó también un águila, llevando no al copero de Júpiter, sino a don Felipe Próspero a que registrase los más ardientes rayos del sol, como el más legitimo príncipe de tan dilatadas coronas.
 
 
Tarde y noche del domingo 13 de enero. Segundo día de las fiestas (p. 24-26):
 
            Habiendo logrado don Vincencio Lastanosa las raras demostraciones referidas, desaparecido el eminente promontorio se dilató brevemente un espacioso teatro, y apareció en la torre de Hércules un bien formado balcón adornado de termas y trofeos militares, cubierto de terciopelo carmesí con franjones de oro, y debajo de él se pusieron diversidad de asientos para caballeros y ciudadanos, y a las tres de la tarde, habiendo coronado este balcón la Ciudad y el correspondiente las damas, siendo innumerable la multitud del pueblo [que] estaba ya ocupando el sitio, en que /[pág. 25] se formaron diversidad de tablados, sin que ellos, ventanas ni tejados de tantos edificios, ni tan espaciosa calle bastara a tanta multitud. Estando ya asándose el toro en una competente hoguera, tocando un clarín se abrió el campo a la plebe para el logro de las gustosas bacanales de Baco. Y subiendo dos sátiros al árbol encumbrado, comenzaron a esparcir liberales la variedad de frutos, en que cebada la plebe, con bien trabada y no sangrienta lucha dio gustoso entretenimiento, y trinchando el mal tostado toro quedó todo repartido a beneficio de la suerte.
 
            Empezose luego en el compuesto teatro una gran comedia muy al intento, que representó una famosa compañía que había traído la Ciudad, pero la incomodidad de tanta multitud y la confusa vocería no dio lugar a que se concluyese.
 
            Negaba ya sus resplandores la hermosa lámpara del día cuando, despejado el puesto y retirados a diferentes cuadras la Ciudad, las damas y caballeros y representantes, hallaron dilatadas mesas compuestas con tan hermosa variedad y con tan rara multitud de diferentes viandas que ni Virgilio supo fingir mayor ostentación para la reina de Cartago, ni pudo ser más célebre y precioso el convite de Cleopatra a Marco Antonio, pues ni faltaran aquí, a querer beber, las perlas hechas sustancia, ni Midas con el oro potable corriera riesgo en su avaricia, dejando enriquecido al Pactolo. Sirvió toda la nobleza a las damas, y levantadas las mesas hicieron los comediantes un gustoso fes /[pág. 26] tín. Diose fin a todo sin desazón ni desgracia. Estando a punto las carrozas se fueron a su descanso la Ciudad y las Damas, llevando los Salvajes, Sátiros y Cíclopes variedad de hachas y armas para defensa y lucimiento.
 
 
            Lunes 14 de enero. Tercer día de las fiestas (p. 26):
 
Lunes por la mañana tuvieron gustosa ocupación los forasteros registrando la amenidad de los jardines y estanques y admirando las raras maravillas del museo, galerías y camarines de don Vincencio Lastanosa, que lo franqueó todo con la generosidad y cortejo que acostumbra.
 
 
            Martes 15 de enero. Cuarto día de las fiestas (p. 28-32):
 
            La innumerable multitud que concurrió el domingo y se atropelló por ver la ostentación y apariencias de la casa de don Vincencio Lastanosa embarazaron en parte el efecto de su magnificencia, y buscando nuevo motivo de admiración y regocijo del pueblo martes por la mañana dispuso un bando que parecía ejecución del consejo que pintó el poeta, cuando dijo:
 
Panditur in terea domus omnipotentis olympi
Conciliumque vocat divum pater.
 
            Pues nunca pintó la Mitología con más propiedad los fin /[pág. 29] gidos dioses como al vivo los hizo representar el dicho don Vincencio, pues precediendo la copla de trompetas de la Ciudad se seguía Marte vestido de grabado arnés, brazaletes, gola, manoplas y en lugar de grebas un faldón o tonelete de terciopelo azul bordado de oro, en la mano derecha un brillante espadín que fue de Enrico Cuarto rey de Francia, en la siniestra una rodela de acero, en el capacete o celada borgoñona llevaba por penacho toda la hermosura de Argos, que se multiplicaba en los reflejos de un espejo convexo, y pudo decirse entonces con más propiedad que el Lírico Cordobés del ave de Iuno: Pavón de Venus es, pues se hallaba con tanta bizarría su guerrero amante. Seguía a Marte una tropa de ochenta hombres de armas con diferentes trajes y trofeos militares, y con las más exquisitas armas ofensivas y defensivas que tiene inventado el furor del mismo Marte.
 
            Iba, pues, Orfeo tocando su vihuela, rodeado de multitud de animales que arrastraba su dulce consonancia. Seguíale Mercurio con sus talares, e iba tocando la zampoña, tras cuyo acento andaba el pastor Argos, menos vigilante con sus cien ojos. Traía proporcionado pellico y un zurrón tan grande, raro y extraordinario por lo hermoso y exquisito de la piel que merecía bien prenderse con los cordones y pasadores de seda verde y oro con [de] que iba guarnecido; en la mano llevaba un fiador, y en él sujeta la perseguida Io. Seguiale la Casta Cazadora con rico y airoso traje, con venablo en la mano y traílla de lebre /[pág. 30] les gimiendo en el cordón de seda, como dijo el Cordobés. Anteón, aún no bien escarmentado, la seguía con cabeza de ciervo, partesana en la mano y perros de caza en la cadena. Apolo, coronado de su ingrata Dafne, iba ufano tocando la lira rodeado de las nueve Musas, vestidas ricamente como dije arriba. En guarda de tanta hermosura iban seis Salvajes con disformes mazas de hierro, guarnecidas de puntas (armas con que los dos hermanos caballeros don Fortunio y Don Ferriz de Lizana, con trescientos hombres, hicieron tanto estrago en los moros en la memorable batalla de Alcoraz, que fueron gran parte de la victoria, con que el rey don Pedro les dio por timbre las mazas y se llaman desde entonces esta noble familia, que aún dura en esta Ciudad, Maza de Lizana). Después de los Salvajes iba el Dios Herrero, rodeado de sus Cíclopes con grandes martillos en las manos, y los Sátiros, y Tritones de Baco de medio abajo en figura de pescados, tocando cuernos y caracoles de admirable grandeza. Cerraba tan numeroso escuadrón retaguarda de arcabuceros, que daban sus cargas concertadas por diferentes partes.
 
            De este modo caminaban por el lugar, publicando el bando en los usados puestos, que decía así:
 
Oíd que se hace a saber,
de parte del tonante Iove,
que del más rico al más pobre
tiene gran fiesta que ver.
Que al portentoso ruido
                        [pág. 31]
de la fiesta prodigiosa
del pasmoso Lastanosa
todo el Olimpo ha venido.
El dios más de vino os llama
a gozar sus bacanales,
que hoy en preciosos raudales
franco a todos se derrama.
El árbol está poblado,
con abundancia indecible,
de todo lo comestible,
pan, frutas, carne y pescado.
Lleguen a las dos en punto
al gran palenque del Coso,
que será el rato famoso
de toda la gula asunto.
 
            Fue célebre la ostentación, y dejó muy gustosa a toda la Ciudad por la mucha variedad de armas, trajes, instrumentos y figuras que llevaba, cosa rara, que todos se hallen en los camarines del autor de este festín.
 
            No fueron perezosos los llamados por el bando, pues a las dos de la tarde se halló poblado el palenque de la multitud del pueblo, y coronados los balcones de damas y caballeros, y cumpliendo con el empeño desperdició abundante Baco sus preciosos licores, y los Sátiros no solo despoblaron el árbol, que estaba nuevamente vestido de aves, peces, animales, pan y frutas, sino que por el tablado y balcones se arrojaban vivos ciervos, pavos, capones, gallinas, palomas, gansos, cor /[pág. 32] nejas, cuervos, lechuzas, perdices, conejos y tanta otra multitud de volátiles y terrestres que parecía un remedo de las que recogió Noe para el arca, o si no de las que tuvo Adán presentes para darles nombre. Fue célebre y entretenido el rato, viendo la guerra trabada de la plebe por coger tan inestimable despojo, y con el desembarazo que muchos en la hoguera que había prevenida asaban lo que su buena diligencia les pudo traer a la mano de aquel franco, liberal y opíparo desperdicio, repitiéndose los brindis con la alegría del dios a la salud del festejado príncipe y a la feliz y dilatada vida de sus ínclitos padres, reyes y señores nuestros.
 
 
            Miércoles 16 de enero. Quinto día de las fiestas (p. 36-37):
 
            Esta poesía bastaba a honrar mi relación, que no solo en los conceptos de su lira sino en el rubio esplendor de su frente se da a conocer este poeta por el Apolo oscense. Pero por ser tan dilatada la representación, y habiendo escrito muchos ingenios tan diestramente en alabanza de don Vincencio Lastanosa y en loa de las fiestas, es preciso dejar ahora de imprimir todos los versos, que vendrían a formar volumen no pequeño, y el deseo de tantos que piden esta relación no permite el detenerla ni dilatarla. Acabada la representación en la plaza de la Seo, bajó el ca /[pág. 37] rro triunfal a repetirla delante los balcones de dicho don Vincencio Lastanosa, que ocupados de gallardas damas y bizarros caballeros, y el Coso de innumerable concurso, a los brillantes resplandores de diversas hachas y muchos calderones de tea se gozó con mas singularidad que en otra de las muchas partes en que se representó la referida fiesta, y en todas celebrando con gustosa admiración el ingenio y genio del artífice inventor a quien se debe.
 
 
 
 
Relación de las Fiestas que se han hecho en la Ciudad de Huesca
a la exaltación inmaculada de la pureza de María Santísima
con el Breve de la santidad de Alejandro 7 obedeciendo las reales cartas
del Rey nuestro Señor Felipo Cuarto el Grande en este año de 1662
(Biblioteca Nacional, manuscrito nº 18658-1)
 
 
1. Decoración de la capilla familiar de la Catedral (p. 5-9):
 
            Hay en el crucero principal y en el circuito de la Iglesia mucho número de capillas de diferentes casas, algunas de ellas de hermosa arquitectura a lo moderno costosamente fabricadas, cuyos dueños, correspondiendo al empeño de la Iglesia las adornaron a competencia con tanta variedad y buen gusto que dieron esmalte a la grandeza del principal adorno. Con una singularidad muy del caso, que todas las capillas fueron aquellos días de la Concepción, retirándose /[pág. 6] los santos de sus nichos porque se entronizara en ellos su Reina soberana. Describamos una para que se entienda la competencia de las otras.
 
            La capilla de san Orencio y santa Paciencia, que sirve de parroquia, es de la noble familia de los Lastanosas, nuevamente ilustrada por el remontado genio y elección de don Vicencio Joan de Lastanosa, cuyo gallardísimo ingenio y universal erudición resplandece en las noticias de lo mas primoroso de la arquitectura, pinturas y perspectivas que contiene su grandiosa Librería en los mas preciosos libros y estampas que ha hecho venerables la antigüedad y engrandecen los nuevos autores de este siglo.
 
            La figura de esta capilla es cuadrada, su proporción sesquiáltera, remata en una cúpula en que está de valiente mano pintada una gloria, cuyo centro es una linterna de hermosa arquitectura y escultura dorada y llena de vidrieras cristalinas por donde recibe con suavidad las claridades de la luz del sol. Las paredes hasta doce pies de alto, las jambas, cornisas, frontispicios, estípites, cartelas y paneles que ador /[pág. 7] nan el frontispicio principal y las puertas e inscripciones de la sacristía son de alabastro puro y ágata azul y blanca, tanto le compite la vista y preciosidad este raro jaspe nuevamente descubierto en el monte que corona el céelebre santuario de Nuestra Señora de Magallón, en la áspera sierra de Alcubierre. Los adornos del arco principal son corintios y sus pilastras, basas y pedestales talla de grutescos. El rejado es lucidísimo bronce airosamente vaciado, y sus pilastras y basas son del mismo mármol azul y blanco en que lo bruñido y terso sustituye a los más cristalinos espejos.
 
            Sobre el rejado se puso una hermosísima imagen de la Concepción, estallando con sus pies una formidable serpiente, y a los lados de la Virgen dos estatuas de ángeles, el uno ofreciendo el olivo y el otro el laurel. Cubría el altar de esta capilla un dosel grande hecho de cielo así el respaldo como el toldo, pintado de mano muy diestra. Adornaban este cielo los atributos de la Virgen, con tan buen arte que deslumbrando el sol a quien le miraba bordaba con arreboles las más remotas nubes, dejando a la parte opuesta algún espacio con algunas sombras para que campeara la luna y brillara la estrella. /[pág. 8] Debajo de este gran dosel o primoroso cielo se ostentaba con sagrada gallardía, sobre grupo de nubes y serafines que coronaban el precioso sagrario donde está reservado siempre el santísimo sacramento, una imagen hecha al natural de María Santísima con radiante ropaje. Del centro del dosel pendía volante un hermosísimo niño desnudo del tamaño del natural, mirando como pasmado a la Virgen y ofreciéndole unas rosas. Otros ángeles de menor cuerpo pero de igual hermosura, pendientes al parecer solo de la airosa vaciedad de sus plumas, descendían a los lados de su Reina ofreciéndole variedad de flores.
 
            Los lados del sagrario cubrían dos pirámides, en cuyas gradas entre otros preciosos adornos resplandecían estatuas de seis pies de relieve entero de admirable escultura y hermosa encarnación, levantado el rostro mirando a la Virgen y alzada la mano derecha ofreciendo cada una un atributo de su pureza. A los dos lados del altar había dos creencias con muchas gradas que remataban en pirámide que llenaban todo el espacio. Adornaban estas gradas muchos serafines, que sobre sus cabezas y alas sustentaban varios atributos de la Virgen hechos con grande perfección, causando mucha hermosura su diferencia, interpolándose entre candeleros y bujías de plata muchas /[pág. 9] urnas y jarras de vidrios, porcelanas, búcaros y barros saguntinos, tan colmados de flores que pudo decirse que había derramado allí su copia Amaltea, o que las fértiles naciones más extrañas ostentaban en cifra el teatro de sus delicias. Y nada de esto es ponderación, pues quien mira a un tiempo los jardines de don Vicencio Lastanosa y en su camarín el teatro iluminado de las flores se halla excedido en los planteles de su huerta en número, fragancia y hermosura, que han llegado ya a tanta grandeza los primores del arte que a las flores y plantas les saben mejorar la naturaleza, sazonándole los gustos con nueva suavidad a los sentidos. Había también cazolejas y perfumadores que equivocaban al olfato las delicias a competencia de la fragancia de las flores, y cubiertos los pies de la pirámide de espejos convexos, teniendo enfrente ocultas lamparillas, hacían una vistosa demostración multiplicando los adornos de tan precioso altar.
 
 
2. Construcción ante el palacio del Coso de un gran obelisco en honor de la Inmaculada (p. 13-15):
 
            Llegaba la procesión a la anchurosa calle del Coso, y enfrente de la casa de don Vicencio Lastanosa cerraba la boca de la calle innumerable muchedumbre, que con las bocas abiertas celebraban en ronca admiración un grandioso obelisco, cuya basa era de treinta pies en cuadro y doce de alto, ensanchándose de su extremidad hasta el suelo en gradas que se alargaban otros treinta pies. En el medio y macizo de este pedestal cargaba el obelisco empezando en figura cuadrada, teniendo diez pies cada cuadro y veinte y seis de alto, rematando en punta piramidal, en la cual sobre horrible y enroscada serpiente se ostentaba una hermosa figura de la Concepción de admirable escultura y colorida con excelencia, sobre la cual pendía en el aire un rico dosel de matices de la China, cuyas frutas /[pág. 14] y flores parece que picaban el gusto a la viveza de los pájaros.
 
            Todo este obelisco estaba cubierto de tela rica verde con flores de oro, en cuyo campo lucían formados con gran destreza los atributos de la Virgen. En los cuatro ángulos estaban los cuatro doctores de la Iglesia con sus insignias. Pero lo que mas alegraba la vista eran muchos ángeles vivos que ocupaban las gradas del obelisco, niños hermosísimos digo, que vestidos ricamente con vistosas alas y coronas de flores tenían diversos y misteriosos instrumentos y atributos de la Concepción, que daban notable agrado y afecto con su ternura. Rodeaban el pie del obelisco sobre la basa blandones con cirios de cera blanca dorados de grandeza de hachas. Había encubierta una suave copla de instrumentos de cuerda, cuya consonancia sustituía la que representaban los instrumentos de los niños.
 
            En la anchurosa basa del obelisco se formaba una tartárea gruta, que por diferentes /[pág. 15] bocas mostraba aherrojados horribles monstruos humanos que representaban los herejes que se han opuesto a la inmaculada pureza y dignidad de Madre de Dios de la emperatriz de los cielos. Tenían en las manos los herejes agudos motes que declaraban su pérfida obstinación. Estaban prevenidas invenciones de fuego que habían de salir por la boca de la gruta, pero se dejaron de ejecutar porque no interrumpiesen el lucimiento de la procesión ni hiciesen daño a la gente, que estaba allí tan amontonada que fue necesaria mucha violencia para abrir el paso.
 
 
3. Donación de plantas y flores para decorar el gran monumento levantado en la iglesia de San Lorenzo por la nobleza de la ciudad (p 27-29):
                       
            Sobre la basis o pedestal que servía de arrimo a los altares y de fundamento a todo el edificio había en los ángulos dos crecidas urnas de barro saguntino, de tan buena hechura /[pág. 28] y relieves que no los tuvo más estimables la antigüedad romana, de tal magnitud que en ellas no se pusieron ramos sino crecidos árboles de más de diez pies, compuestos de hermosa y rara variedad de flores, pues tenían rosas de Geldres, de Holanda, alejandrinas, castellanas, blancas, pajizas, negras, sencillas y de mil hojas, que entre aquileas, peonias, tulipanes, iris, susianas y lirios azules, blancos, amarillos, cárdenos y macedónicos, con otras varias flores más comunes, causaban notable agrado a la vista. Y porque salga de una vez la relación de flores, pues ha de ir ajustada a la verdad, digo que también en los ángulos de los otros cuerpos del edificio estaban otros vasos de flores, yendo en proporción disminuyéndose como se disminuían los ángulos, ajustados a la ley de perspectiva, con que aumentaban belleza a la fábrica. Las flores de estos vasos, y las muchas que había en multitud de jarras de los otros cuerpos, tributaron a Maria Santísima los jardines de don Vicencio Lastanosa, y parece que el cielo los fertilizó milagrosamente para el obsequio de su Reina, pues habiéndose empleado /[pág. 29] tantas flores en las primeras fiestas, y teniendo ahora la multitud que he dicho el altar principal, hubo también para adornarse todas las capillas.
 
 
 
 

[1]Carlos Garcés Manau, “Diez cartas de Vincencio Juan de Lastanosa y Diego Vincencio Vidania a Athanasius Kircher, conservadas en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma”, Argensola, nº 115, Huesca, IEA, 2005, p. 187-199. Ante la posibilidad de que este primer envío no llegara a su destino, Lastanosa volvió a remitir a Roma la relación de las fiestas en septiembre de 1658.
[2]Alberto del Río Nogueras, “Literatura y fiestas en la Huesca del Siglo de Oro” y Relacion de las fiestas que la ciudad de Huesca ha hecho al nacimiento del príncipe nuestro señor don Felipe Próspero”, Signos II, Huesca, 1994, p. 144-151 y 374; “Lastanosa y la celebración del nacimiento de Felipe Próspero en la Huesca de 1658”, Actas del III Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro (Toulouse, 1993), Toulouse-Pamplona, 1996, p. 425-434. Véase también Fiestas públicas en Aragón en la Edad Moderna. VIII Muestra de Documentación Histórica Aragonesa, Zaragoza, 1995, p. 241 y 265.
[3]Antonio Naval Mas, “La iglesia de San Lorenzo y las fiestas marianas de 1662”, Huesca, Diario del Altoaragón, 10-Agosto-1988 y “Celebraciones y artificios en los festejos de 1662, en Huesca. La fiesta de los sentidos con el pretexto de la Inmaculada”, Argensola, nº 117, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2007. Véase también Javier Cisneros Coarasa, “Relación de las fiestas que se han hecho en la ciudad de Huesca a la exaltación inmaculada de la pureza de María Santissima con el breve de la santidad de Alejandro VII obedeciendo las reales cartas del Rey nuestro señor Felipe IV el Grande”, Nassarre, 3/2, Zaragoza, 1987, p. 159-179.
[4]Dato que coincide con el que aparece en la Narración de lo que le pasó a don Vincencio Lastanosa a 15 de octubre del año 1662 con un religioso docto y grave (Hispanic Society of America, manuscrito B-2424, f. 77v.).
[5]Hispanic Society of America, manuscrito B-2424, f. 74r. y 79r.-v.
[6]María Celia Fontana Calvo, «Los retratos de los Lastanosa en la Catedral», Diario del Altoaragón, 27-Mayo-2001, «La capilla de los Lastanosa en la catedral de Huesca. Noticias sobre su fábrica y dotación», Boletín del Museo e Instituto Camón Aznar, XCI, 2003, p. 169-215 (texto) y 409-424 (ils.), «Ideario y devoción en la capilla de los Lastanosa de la catedral de Huesca», Argensola, 114, Huesca, IEA, 2004. p. 221-276, «Un modelo de Tintoretto en la capilla de los Lastanosa de la catedral de Huesca», Argensola, 116, Huesca, IEA, 2006, p. 197-201, «Las capillas de la familia Lastanosa en la Catedral y la iglesia de Santo Domingo de Huesca», Vincencio Juan de Lastanosa (1607-1681). La pasión de saber, Huesca, IEA, 2007, p. 79-85 y La capilla de los Lastanosa en la catedral de Huesca, Zaragoza, Gobierno de Aragón y Prames, 2008.
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